“Hablas de encontrar tu camino, pero para mi, tú eres mi camino”

He pasado un bonito año dándole vueltas a la idea de encontrar mi lugar en el mundo, de encontrar esa ciudad ideal en la que pudiera hacer mil cosas y de la cual nunca podría llegar a cansarme. Pensé que podía conseguirlo si salía del sitio en el que he vivido durante toda mi vida y descubría un mundo mucho mayor, pero la verdad es que en aquel mundo, que era maravilloso, solo encontré que mi caos se hacía mayor y que todo lo que había ideado se sustentaba sobre una falsa falacia.

Todavía recuerdo aquella mañana de febrero en la que mi mundo se colapso y no quise seguir aguantando un solo segundo más, fingiendo que no importaba lo perdida que me sintiera, porque ya encontraría mi camino. ¿Qué camino? cuando por fin lo había conseguido, encontrar un lugar en el que podía hacer cada día algo distinto, todo resultaba banal.

Durante años dejé que el tiempo transcurriera mientras en mi mente daba forma a la idea de poder salir de aquí algún día, pero lo cierto es que, cuando llevé aquel plan adelante, me di cuenta de que el problema no estaba en el lugar donde yo había crecido, sino en mi.

Yo soy la extraña dentro de mi y no lo que me rodea. El mundo es tan sencillo como el simple hecho de levantarse cada mañana, comer o cerrar los ojos para dormir. Eso es igual aquí, allí o en otro continente. La razón que necesito para ser no es la de vivir una vida llena de sorpresas, ¿para qué, si no tengo con quién compartirlas?

Lo que hace diferente un lugar es vivir todos esos momentos con alguien que te haga sonreir, cantar, correr, bailar, escuchar o ver  el mundo que te rodea con el doble de intensidad.

Entonces no lo sabía, pero ahora sí. Es hora de dejar de buscar lo que realmente necesito en espacios físicos, es hora de encontrar a la persona a la que tomaré de la mano para seguir un camino que no importará dónde vaya a ser recorrido…

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Tú crees que me engañas y yo finjo que te creo. Pero debes saber que empiezo a preocuparme porque no sé hasta cuando podremos seguir jugando a este juego de ciegos.

Es peligroso, quizá, mucho más que el hecho de que cada una se empeñe fervientemente en ignorar la realidad mirando hacia el lado que menos asusta. A lo mejor tú piensas que con que yo sobreentienda las cosas todo está bien, pero aquí estoy yo, sintiéndome la persona más egocéntrica del mundo y pensando si una parte de ti está tapando la verdad, una verdad que podría hacernos más daño del que puedas pensar.

No es que me sienta engañada, yo he actuado igual en otras ocasiones. Solo me da miedo que empieces a jugar con fuego y te quemes porque, en ocasiones, esa parte de mi que quiere protegerse es capaz de arrasar con todo, incluido aquello o aquellos a quienes quiero, solo por el miedo que me dan las situaciones que no soy capaz de manejar.

He aprendido por experiencia propia que una no puede ignorar durante mucho tiempo esa voz que pide que la verdad salga a la luz, porque cuando se pasa demasiado tiempo callándola al final se queda dentro de una misma repitiéndose como un eco perpetuo que nunca callara del todo. Y lo peor es creer que en nuestros intentos por fingir que nada sucede, conseguimos camuflar la realidad. Pero nada puede evitar que la sospecha ya esté en marcha.

El tiempo me enseñó que el silencio solo hace más daño. Pero yo no puedo adueñarme de la voz de nadie, únicamente soy dueña de la mía y si me preguntas te diré que jamás volvería a encerrar lo que siento como si eso fuera a hacer la vida menos dura o la respuesta que no queremos escuchar menos triste…

Preludio de una pesadilla

Anoche escondí el sueño entre mis dedos. Lo apreté contra mi cuerpo deseando que al amanecer no fuera sino una realidad.

En su lugar, me pase la noche vomitándolo de mi subconsciente. Intenté reunir pedazos rotos, objetos y restos que escapaban por mi boca pero la cadena de recuerdos inconexa me desveló ante mi un rompecabezas.

Buscaba una pieza clave que no encontraba entre mi propia inmundicia, entre la miseria de alguien que da de comer a su propia tragedia. Sé que la pieza era ese sueño que guardé en mi mano, el problema es que no quiero ser yo quien la encaje.

Y al despertar, lo único que quedaba de esa agonía era ese pedazo de sueño escondido entre mis dedos que el alba no convirtió en realidad, sino en pesadilla…

Que los sueños, sueños son.

En alguna antesala recóndita de mi mente adormecida puedo verte. Tocarte es demasiado. Nada puede ser tan real como para poder sentir el latido de tu corazón, el aliento exhalado o el silbido disperso de las palabras que se escapan por la habitación. Pero puedo escuchar lo que dices, todo lo que te atreves a pronunciar solo ahí, en esa estancia tan privada que en mis sueños he creado para ti y para mi.

– ¿Puedes colocarte de frente? – te pido yo.

– ¿Por qué? – preguntas tú.

– Es tu perfil, no te sientes cómoda posando así y para serte sincera, a mi tampoco me gusta – soy consciente de que mis palabras van a costarme una mirada fulminante.

– ¿No te gusta mi perfil? – farfullas con un tono infantil mientras te olvidas de incendiarme con la mirada.

– No me gusta porque es sólo la mitad de lo que puedo observar de tu preciosa cara, la que para mi es la más bonita del mundo.

Te enciendo, puedo notarlo en tu forma de mirarme. He dado con las palabras, pero la verdad es que en esta habitación siempre encuentro todo aquello que deseo decir, es ese lugar en el que todo es más sencillo. La diferencia reside en que hacía tiempo que había olvidado encontrar las palabras. Esta vez algo ha fallado y tú te acercas mientras yo trato de mantener presente que se trata solo de la ilusión que provoca mi mente excitada. No es real. Tu no estás delante, aproximándote, rozándome. Juraría que casi he podido sentir tu aliento sobre mis labios, pero no, no puede ser, es solo un sueño y, sin embargo, lo nubla todo.

–      No lo hagas, no vuelvas. No así.

Aparto mi mirada de tus ojos que están sobre los míos. Si continuo mirando no resisitiré. El vacío hacia el que miro trae consigo un eco extraño que repite en mi mente las palabras de alguien que ha sido espectadora de nuestra conversación:

–      Le ha dicho que tiene una cara preciosa. La más bonita que ella haya visto.

Repaso las circunstancias. No puede ser, tú y yo debemos estar solas. Es mi mundo para ti, es un lugar inviolable. Es nuestro secreto o, más bien, es mi secreto para ti. Pero creo que lo entiendo, es la culpa abriéndose paso por los rincones oscuros, esos de los que me esfuerzo en mantenerme alejada. Solo es mi conciencia repitiendo las palabras que no debería haber dicho. No puedo ser frágil, me digo a mi misma. Tu voz me devuelve a ti.

–      Has dejado que durante este tiempo te besaran otras. Y a mi me has echado de tus sueños.

–      Tuve que hacerlo. Pero ya no tengo miedo…

–      ¿Significa eso que ya no te importo?

–      Has vuelto y aún me haces sentir tan vulnerable como la primera vez que nos vimos aquí. ¿No te dice eso nada?

–      ¿Qué ha cambiado?

–      Tú y yo. Todo irá bien. Te lo prometo y sabes que no fallo.

–      Hmmm. ¿Volverás a besarme?

–      No. No así. Esperaré.

–      ¿A qué?

–      A que me lo pidas despierta.