Que los sueños, sueños son.


En alguna antesala recóndita de mi mente adormecida puedo verte. Tocarte es demasiado. Nada puede ser tan real como para poder sentir el latido de tu corazón, el aliento exhalado o el silbido disperso de las palabras que se escapan por la habitación. Pero puedo escuchar lo que dices, todo lo que te atreves a pronunciar solo ahí, en esa estancia tan privada que en mis sueños he creado para ti y para mi.

– ¿Puedes colocarte de frente? – te pido yo.

– ¿Por qué? – preguntas tú.

– Es tu perfil, no te sientes cómoda posando así y para serte sincera, a mi tampoco me gusta – soy consciente de que mis palabras van a costarme una mirada fulminante.

– ¿No te gusta mi perfil? – farfullas con un tono infantil mientras te olvidas de incendiarme con la mirada.

– No me gusta porque es sólo la mitad de lo que puedo observar de tu preciosa cara, la que para mi es la más bonita del mundo.

Te enciendo, puedo notarlo en tu forma de mirarme. He dado con las palabras, pero la verdad es que en esta habitación siempre encuentro todo aquello que deseo decir, es ese lugar en el que todo es más sencillo. La diferencia reside en que hacía tiempo que había olvidado encontrar las palabras. Esta vez algo ha fallado y tú te acercas mientras yo trato de mantener presente que se trata solo de la ilusión que provoca mi mente excitada. No es real. Tu no estás delante, aproximándote, rozándome. Juraría que casi he podido sentir tu aliento sobre mis labios, pero no, no puede ser, es solo un sueño y, sin embargo, lo nubla todo.

–      No lo hagas, no vuelvas. No así.

Aparto mi mirada de tus ojos que están sobre los míos. Si continuo mirando no resisitiré. El vacío hacia el que miro trae consigo un eco extraño que repite en mi mente las palabras de alguien que ha sido espectadora de nuestra conversación:

–      Le ha dicho que tiene una cara preciosa. La más bonita que ella haya visto.

Repaso las circunstancias. No puede ser, tú y yo debemos estar solas. Es mi mundo para ti, es un lugar inviolable. Es nuestro secreto o, más bien, es mi secreto para ti. Pero creo que lo entiendo, es la culpa abriéndose paso por los rincones oscuros, esos de los que me esfuerzo en mantenerme alejada. Solo es mi conciencia repitiendo las palabras que no debería haber dicho. No puedo ser frágil, me digo a mi misma. Tu voz me devuelve a ti.

–      Has dejado que durante este tiempo te besaran otras. Y a mi me has echado de tus sueños.

–      Tuve que hacerlo. Pero ya no tengo miedo…

–      ¿Significa eso que ya no te importo?

–      Has vuelto y aún me haces sentir tan vulnerable como la primera vez que nos vimos aquí. ¿No te dice eso nada?

–      ¿Qué ha cambiado?

–      Tú y yo. Todo irá bien. Te lo prometo y sabes que no fallo.

–      Hmmm. ¿Volverás a besarme?

–      No. No así. Esperaré.

–      ¿A qué?

–      A que me lo pidas despierta.

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