La fábula del ratón y el perro.


El escenario improvisado de madera astillada le roza las piernas y la posición encorvada no es la ideal para dibujar. Ojalá estuviera sentada sobre una silla y apoyada sobre una mesa cómoda. Pero esas son las condiciones. Todos dibujan sobre el mismo material y a ninguno le importa. Traza líneas y colorea sin preocuparse de lo que sucede a su alrededor, a pesar de que, cada vez que levanta la cabeza ve a otros como ella, con sus rotuladores, sus lápices y su ilusión. Reconoce a su alrededor algunos pequeños talentos y eso no le importa porque algo le dice que debe confiar en el suyo primero.

Mickey y Pluto son los elegidos. Les da vida a su manera. Pluto se levanta sobre sus patas traseras emocionado de ver a su amigo que casi le dobla en tamaño. Ella es demasiado pequeña para entender por qué un perro es más pequeño que un ratón. Tampoco importa. Existe el color, la diversión, la sonrisa y una ilusión.

El tiempo se va echando encima. De cerca, vigilan un par de mujeres. Una de ellas mira su dibujo y le guiña un ojo con gesto aprobatorio. Ella sonríe, no porque piense que tiene más posibilidades para ganar, sino porque su sonrisa le dice que su dibujo le gusta y con eso, es feliz.

La tarde es cálida y cada vez quedan menos niños dibujando. A los que aún quedan sobre el tablado, les reparten una merienda. Ella la aleja prudentemente del papel y termina rápidamente con ella para seguir. Apenas quedan ya 3 niños, cuando por fin está terminando y el último de ellos que quedaba junto con ella, pasa como una exhalación dibujo en mano y, sin buscarlo, golpea uno de los vasos de Kas que alguien había dejado cerca de su dibujo.

Se paraliza sin poder hacer nada cuando ve como el líquido se derrama sobre el dibujo que había estado trabajando durante horas. Mira a su alrededor, y solamente queda ella. Está sola con un dibujo estropeado. Los colores se han mezclado y algunos trazos han desaparecido. Llora porque se ha perdido su esfuerzo.

La misma mujer que le había dado su gesto aprobatorio, le habla. La anima a seguir. “Aún puedes arreglarlo, tienes tiempo” dice. La pequeña mira el dibujo deformado y sólo se atreve a decir con la voz cortada “quiero seguir”. Toma el kleenex que le tienden y empieza a secar con cuidado de no destrozar más el dibujo.

Cuando el papel está más o menos seco clava la punta del lápiz sobre la hoja con cuidado y rescata las líneas desaparecidas. Vuelven a tomar forma los personajes a pesar de que el líquido no le permite colorear como antes. Cuando su madre llega a recogerla, la encuentra llorando, pero sin dejar de dibujar hasta que queda más o menos convencida con el resultado. Lo entrega con tristeza sabiendo que lo mejor se ha perdido en el camino.

Días más tarde, en la entrega de premios, los niños van desfilando para recoger sus premios. Cuando empiezan a repartirse los tres primeros, la niña empieza a dudar que vaya a tener alguna recompensa. Piensa en que su dibujo era bonito, pero al final paso a ser todo un “Ecce Homo”. Aún así, la sorpresa llega cuando a la hora de nombrar al ganador del primer premio escucha su nombre. Recoge el trofeo junto a su dibujo. Lo vuelve a mirar y sigue sin poder creerlo. Aún así, todo el mundo a su alrededor la felicita. Deja de ver el dibujo estropeado y lo único que pasa a ver en ese papel es el esfuerzo y en la otra mano, su fruto.

Esta es una historia real que me pasó cuando era muy pequeña. Apenas tengo recuerdos de entonces pero este es un episodio de antaño que se quedó guardado en algún rincón de mi memoria. Y digo guardado, porque a medida que vamos creciendo, parece que olvidamos lo que yo debería haber aprendido de aquel día. Que a pesar de todo, aún existe el color, la diversión, la sonrisa y una ilusión. No el blanco y negro, la formalidad y el pesimismo. Todo depende de la voluntad y el esfuerzo. Hay que seguir adelante aunque la vida se convierta en un borrón. Cuando eso pasa, hay que corregirlo, no porque algo esté en juego, sino porque es la actitud con la que hay que afrontar cada problema. Una niña de 8 años lo sabía y eligió continuar. Yo con 24 años, he tardado 16 años en volver a recordarlo…

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