“Jurassic Park” de Michael Crichton


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Usualmente, cuando se habla de “Parque Jurásico” lo primero que acude a nuestra mente es la taquillera película que produjo Steven Spielberg en 1993 basada en el bestseller que Michael Crichton publicó en 1990. Es por esto, probablemente, que a la hora de ponernos delante de la obra escrita, todo lo que esperamos encontrar es una novela plagada de curiosidades y un gran número de datos científicos acerca de los dinosaurios, o cuando menos, una historia igual de trepidante como la del filme. Craso error. Y uno del que nos damos cuenta nada más sumergirnos entre las primeras páginas del libro.

El argumento es el mismo. Un excéntrico millonario lleva a cabo un ambicioso proyecto de ingeniería genética para clonar dinosaurios y crear la primera reserva biológica de estos seres en la Isla Nubla. Paralelamente, no muy lejos de esa isla, en Costa Rica, algunos niños y recién nacidos están siendo atacados por reptiles que la comunidad de científicos no son capaces de identificar. Para demostrar la fiabilidad del parque ante sus inversores, son invitados al mismo el paleontólogo Alan Grant, la paleobotánica Ellie Sattler, el matemático Ian Malcolm e incluso los nietos del acaudalado propietario. Sin embargo, durante la visita, un detonante hará que la seguridad de la isla se venga abajo y los dinosaurios campen a sus anchas sembrando el caos entre los visitantes.

Pues bien, podría decirse que aquí acabarían las similitudes entre película y libro, pues este último aborda desde el comienzo, con mayor y mejor precisión, el tema principal, el de la ingeniería genética y la poca humildad ante la grandeza de la naturaleza, cuestión que en la película queda totalmente eclipsada por sus fantásticos efectos especiales y dinosaurios que nos invitan a maravillarnos y entretenernos, pero no tanto a reflexionar acerca de lo que vemos.

Sobre una buena base científica y de manera más minuciosa, la novela de Michael Crichton se convierte en uno de esos libros que pone en tela de juicio el modo en que el ser humano intenta convertirse en creador y controlador de fuerzas que están vivas. En otras palabras, en cómo el ser humano juega a ser Dios. O en como no debería jugar a serlo. En palabras de uno de los personajes de esta historia (aunque he recurrido a la frase simplificada de la película), “Dios crea a los dinosaurios, Dios destruye a los dinosaurios, Dios crea al hombre, el hombre mata a Dios, el hombre crea a los dinosaurios”. Esta frase de Ian Malcolm, el matemático que a partir de la Teoría del Caos sostiene desde un primer momento que lo que se lleva a cabo en la isla es un acto incontrolable, parece ser el portavoz de la auténtica crítica que Crichton hace sobre los avances de la ciencia y cómo y de qué manera estos se ponen al servicio de la humanidad. Muchas veces, como actos de egoísmo y con fines materialistas que muy lejos quedan del verdadero progreso o la búsqueda del bienestar de los seres humanos.

Esa violación de la naturaleza, con científicos que clonan dinosaurios e incluso plantean la posibilidad de crear especímenes perfectos que puedan llegar al hogar de las personas, pone de manifiesto el poco respeto y la poca humildad ante una de las fuerzas más poderosas de la Tierra, su propia esencia creadora. De este modo, Crichton consigue que veamos lo que ocurre en Isla Nubla como una auténtica aberración científica, un crimen contra la misma naturaleza.

A este punto, el debate científico resulta especialmente convincente, expuesto de una manera tan clara que cualquiera sería capaz de seguirlo. Es más, cuando todos los personajes parecen meros figurantes de la isla, Ian Malcolm, el matemático que se dedica a pronosticar por la Teoría del Caos que todo acabará en desastre, resulta en la novela todo el hilo conductor de ese discurso y es, a mi modo de ver, el personaje más fascinante de la misma. Y es que por ponerle un pero al libro, encuentro a los personajes muy poco desarrollados (no son tan carismáticos como Spielberg consiguió que lo fueran en la película), aunque creo que en esta historia está justificado, pues el relato no va sobre ellos, si no sobre la dialéctica ciencia-naturaleza. No es uno de esos libros donde nos sumergimos en el relato por la capacidad que tenemos de empatizar con sus personajes, sino por la manera en que nos atrapa el debate que subyace en el mismo.

A colación de la frase que cité de Ian Malcolm, podría añadirse a la misma que, finalmente, los dinosaurios destruyen al hombre. Y a la ciencia. No entraré en detalles sobre el final de la novela, pues he procurado ceñirme a un comentario personal sin ahondar en las acciones que transcurren en la misma, pero digamos que hay cierta justicia poética en el modo en que la naturaleza aquí encarnada por los dinosaurios, vence al poder de la ciencia, en este caso, personificado por el millonario John Hammond. Para saber a que me refiero, tendréis que leer una de esas novelas cuyo mensaje sigue vivo así pasen los años.

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